CARTA DE UNA LEONA (AGRADECIDA) A OTROS

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Señor secretario de acción social.

Señor Gustavo Caruso.
Por intermedio de estas líneas, quiero ponerlo en conocimiento, lo enormemente agradecida que estoy para con el hospital de Mar de Ajó.
Hace unos meses atrás, exactamente el 3 de Octubre, quedé internada en ese lugar, donde por intermedio de varios estudios, determinaron que tengo enfermo el sistema nervioso periférico.
Debido a esto, tuve una sucesión de problemas bastante graves; amputación de mi pierna izquierda, tres dedos de mi pie derecho y una operación urgente de intestino, que llevó a que tuvieran que quitar veinte centímetros del mismo.
Realmente estuve muy, pero muy grave.
Permanecí internada dos meses en terapia intensiva y un mes en piso.
La atención que recibí, la contención y calidez humana, no tienen palabras para ser agradecida.
Estoy agradecida con todos y cada una de las personas que trabajan en el hospital.
La doctora Luciana De Simone, que hoy en día es mi médica de cabecera; ella, venía todos los días a visitarme a terapia, a contenerme, a traer una palabra de aliento, a hacerme reír y quedarse en las curaciones, que eran bastante dolorosas y solo sostenía mi mano para calmarme.
Excelente profesional, alguien a quien aprecio mucho y a quien le estoy agradecida de por vida.
El doctor Juan Daglia (Jefe de terapia) y todo su equipo.
Todas las mañanas, me saludaba con una sonrisa y un “buen día reina”, siempre atento y ocupándose de todo lo que sucedía en terapia, aconsejando a su equipo. Venía y me preguntaba como estaba, me decía los pasos a seguir y hasta de mi comida se ocupaba, para que yo me alimentara.
El doctor Miguel Muñoz, que llegó a traerme de su casa un D.V.D., para que me entretuviera y mirara unas películas.
Llegaba y se iba, saludándome con un beso, siempre escuchándome, atendiéndome, cuidándome…
El doctor Juan Pagani, que se quedaba a mi lado hasta que el dolor cesara, hablándome, contándome… tonterías, lo que sea, para distraerme y el resto de los días de terapia, a quienes venían, me conversaban, me hacían bromas, me decían que estaba cada día más linda.
El doctor Schelotto (Jefe de Cirugía) y todo su equipo.
El se encargaba personalmente de mis curaciones en la panza, ya que después de la operación de intestino, se me hizo una fístula y mi panza quedó abierta.
Diseñó un equipo, que en el hospital no había, para poder curarme.
Me hacía bromas, me curaba lo más despacio posible para que doliera menos. Todos los días venía con una sonrisa y me tocaba la nariz en señal de cariño.
La doctora Zamora, ella fue quien me operó.
Jamás voy a olvidar, que cuando desperté de la operación, después de tres días, la vi a ella y me dijo: “Todo está bien, rezo mucho por vos”.
¿Me cree si le cuento, que hasta trajo un cortaúñas y ella misma, me cortó las uñas para que quedaran prolijitas?
El doctor Touris (Jefe de Traumatología), quien tuvo que amputar mi pierna y aún hoy, se encarga de tratar de salvar mi pie derecho, que aún está en peligro.
El fue quien me enseñó el contenido de la palabra “paciencia”. Confío en él como profesional ciegamente.
La doctora Liliana Arias (Ginecóloga), ella me trata aún hoy, por un fibroma que se formó, siempre atenta, siempre cariñosa, tratando de consolarme, conversando conmigo de los hijos, la vida, siempre haciéndome sentir querida, contenida…
Los enfermeros y enfermeras de terapia, a todos ellos, que me curaban, medicaban, me hablaban, me tranquilizaban, se quedaban a mi lado pidiéndome que comiera, hasta ellos, me calentaban la comida para que yo comiera despacio, aunque sea un poco.
Jimena, Leo (que fue papá mientras yo estaba en terapia), Dorita (ella me cargaba, diciéndome que me arreglara, que a la noche me iba a pasar a buscar para salir al baile), Adelaida (me traía libros para que leyera y luego los comentábamos y hasta me trajo de su casa una tele chiquita para que estuviera entretenida), Víctor, Javier (ellos también me hacían bromas).
Víctor, me hacía reír con sus ocurrencias, Javier, estuvo más de dos horas hablándome la noche anterior, explicándome lo de mi amputación. Contándome de los jugadores de básquet en sillas de ruedas, de los nadadores sin pierna, diciéndome que todo iba a salir bien y que yo, era una mujer con todas las fuerzas para salir adelante.
Nahir, maravillosa, bailaba y cantaba delante de mi cama para que dejara de llorar y me riera.
Me decía, en terapia, hay un cartel que dice “prohibido deprimirse, no llorar, todo sonrisas”.
Guille y el Negro (ese es su apodo, no puedo recordar el nombre), excelentes enfermeros, siempre con una sonrisa y atentos a lo que yo necesitaba.
Me hacían reír mucho con sus bromas.
Claudia y Alicia (dos locas lindas, que hacían que peleaban delante de mí, porque defendía a una o a otra). Maravillosas personas.
El valor profesional y humano de este hospital, es incomparable, nada que envidiarle a otros lugares.
Entre todos ellos, lograron que salga adelante y hoy esté escribiendo esta carta de agradecimiento.
También ayudaron mucho a mis hijos, que estaban muy preocupados por su mamá, explicándoles paso a paso mi evolución y cuando los chicos no entendían los términos que ellos utilizaban, hasta les hacían un dibujo para que entendieran.
¡Las mucamas!
Puede usted creerlo, hasta mantelito en la mesita me ponían para que quedara más linda. Me saludaban todos los días con un beso, preguntándome como me sentía.
Hasta revistas, me han traído para que leyera.
Realmente, señor secretario, quiero en estas pocas palabras, hacerle saber acerca de las maravillosas personas que allí trabajan y se preocupan por cada uno de sus pacientes.
He vivido en esa terapia, cosas que jamás pensé que ocurrieran.
Los vi trabajar a full, salvar vidas, ese control constante. Hasta los he visto y escuchado rezar por los pacientes más graves.
He visto la tristeza en sus caras cuando se perdió una vida.
También, quiero agradecer a las enfermeras de piso, que corren todo el turno, tratando de atender a todos y no dan abasto.
Marcelo con sus bromas y miradas cómplices, que realmente hacen reír, Adriana, una trabajadora incansable, Débora, siempre con una palabra de apoyo, atendiendo las necesidades de todos.
Daniel, el camillero, que cuando venía a buscarme para algún estudio a mí o a otro paciente, siempre tenía cinco minutos para preguntarme como estaba, si había comido, que ya faltaba poco…
Aliento, señor secretario, aliento permanente para superar esto que me pasó de repente, a los cincuenta y un años.
Hoy en día, todos ellos, cada vez que voy al hospital, siguen alentándome, dándome fuerzas para seguir adelante.
Ahora, necesito que me haga un favor, todo esto que le conté, no quiero que muera acá, quiero que ellos, sepan de mi agradecimiento y que todos los vecinos del Partido de La Costa, sepan del nivel profesional y humano que tenemos en el Hospital.
Todos tienen que saber, lo que ahí se lucha día a día, para salvar vidas.
Yo quedo a su entera disposición, para que esto ocurra.
También, agradecer a Acción Social, que están por conseguirme una silla de ruedas.
A la señora Noemí, que hasta está por conseguirle un trabajo a mi hijo mayor y mis remedios, que son tan costosos y me cuesta mucho comprarlos.
En Acción social, ayudaron mucho a mi hijo mayor con los trámites para una pensión. Tanto y así, que cuando yo salí de estar internada, todo estaba encaminado.
Dígame usted ahora, señor secretario, si todo esto que le conté tiene precio…
No, ¿verdad?
No hay dinero ni palabras que paguen todo esto, la generosidad de la gente que allí trabaja.