El suplemento Viajes del Diario Clarín realizó una nota sobre Paraje Pavón

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La flamante doble vía pavimentada de la Costa Atlántica bonaerense en- laza el corredor de playas para ofrecer a los automovilistas un soplo de aire fresco con vista al mar. Unos tres kilómetros al norte de Mar de Ajó, el paisaje de dunas se aplana y se agigantan las parcelas rurales de los campos alrededor de Paraje Pavón, un resguardo de tradición gaucha que late a ritmo pausado en el partido de General Lavalle.

Poco más allá, la antigua traza de la ruta 11 se oculta y reaparece ante cada estela de tierra y polvo que deja el esporádico tránsito de vehículos y caballos al trotecito. El viejo camino acumula miles de historias de turistas varados en jornadas de lluvia y vecinos solidarios que los sacaban del apuro para devolverles la ilusión de pasar las vacaciones bajo el sol, entre arenas y olas.

La memoria popular de los pavonenses conserva el recuerdo del médico y partero José Justo Marano, una eminencia que prestó sus servicios desinteresados a varias generaciones y falleció a los 100 años, en 2019.

Los ecos de ese pasado de audaces travesías y héroes silenciosos todavía resuenan con fuerza entre las paredes descoloridas del Boliche Pavón, posta de parroquianos que desensillan de caballos mansos que atan a la tranquera, aunque también de ostentosas 4×4.

Un faro en el camino

“Desde hace más de 80 años, el almacén de Don Fernández y Doña Marta es el faro de todo y todos, un punto de encuentro que invita a tomar un trago, jugar a las bochas, a la taba o al truco”, define Ariel Larrea con la misma voz potente que aplica a diario para conducir la programación de la radio FM Líder de General Lavalle.

El canto de los pájaros acompaña la llegada de cada visitante del Boli- che Pavón. Puertas adentro, el dueño de casa recibe a sus huéspedes con alguna afinada milonga seguida por versos criollos o payadas. Algo encorvado, de tranco lento y hablar pausado, Don Fernández revela su talento de cantor en una tierra pródiga en intérpretes “sureros”.

En Paraje Pavón suenan seguido las canciones del “Negro” Pallero, Alberto Zúñiga, Juan Donadío y Roberto Minjolou, quienes suelen entreverarse en las jineteadas, bailes y con- cursos de rienda que dan forma a las fiestas del Payador –todos los años en julio- y de la Mujer Rural, en agosto. Para matizar la espera, Larrea se las ingenia para organizar peñas fuera de programa en Rincón Criollo y convocar a pobladores de varias leguas a la redonda.

La impronta del paisano de campo se cuela en cada una de las calles de tierra y arena de Paraje Pavón, donde las tradicionales piezas de cuero de una talabartería conviven con las prácticas de los socios del Club de Pesca con Mosca, entregados a probar la caña y el señuelo artificial en el césped del parque.

Paseo en familia

Del otro lado de la calle principal, las 7 hectáreas teñidas de verde natural de la granja Lo de Lucrecia se constituyen en el escenario a medida que encuentran adultos y chicos para compartir una cabalgata recreativa, trepar a un carro tirado por un cuatriciclo para observar patos, gansos, ovejas, vacas, pavos, gallinas, conejos, mulitas y ñandúes; o bien disfrutar de una siesta a la sombra de eucaliptos copados por las cotorras y es- tirar la jornada hasta el atardecer en la pileta.

Un kayak borronea el semblante quieto de la laguna del predio, mientras Julio Cañete se acerca a la orilla, en su rol de guía de un grupo de niños decididos a capturar bagres, tarariras y carpas y debidamente instruidos para devolver al agua.

El paseo didáctico es una de las propuestas de un programa intenso, que anuncia competencias de killer -algo así como romper distintos objetos- en un pantano como su capítulo más excitante. La excursión en familia parece atravesar su mejor momento. Es fácil de intuir que, por un buen rato, la cercana playa y sus en- cantos pueden esperar; han encontrado una buena competencia.

Festejos. En Paraje Pavón se hacen las fiestas del Payador, en julio, y de la Mujer Rural, en agosto.